El diente de león no está “de moda” por accidente. La gente lo busca porque su raíz, sus hojas y hasta sus flores activan justo lo que más se apaga cuando el hígado va lento, la digestión se atasca y el vientre se siente inflado como globo de fiesta mal amarrado.
Y sí: esa plantita amarilla que muchos patean en la banqueta tiene una reputación incómoda para la industria del bienestar. Porque no cuesta una fortuna, no viene en frasco bonito y no necesita un comercial en horario estelar para hacer ruido dentro del cuerpo.
Lo que hace es más simple y más brutal: empuja bilis, despeja el camino digestivo y obliga al organismo a dejar de trabajar como si tuviera las tuberías tapadas con grasa vieja.




